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Caro Diario

29ºC, 00:30

ÉL/LUI: Una ligera brisa sobrevuela mi cabeza, las aspas del ventilador de techo generan el único respiro de un verano que se ha precipitado, desbancando a la primavera que se vió obligada a llegar tarde tras la pereza del invierno en retirarse.
No sé porqué, pero estos aparatos siempre me recuerdan películas sobre la guerra de Vietnam, o La costa de los mosquitos, quizá por la semejanza de su movimiento rotatorio con las aspas de los helicópteros, o quizá no tiene ninguna explicación, pero resulta curioso como relacionamos algunas cosas con otras que no tienen nada que ver o que incluso, solo conocemos de oidas.
Lo mismo me ocurre con los nombres de las ciudades, hace años, las imágenes que aquellos nombres evocaban no se ajustaban a la realidad del lugar, porque filtrados por mi mente, sometidos a las leyes propias de mis fantasías, las imágenes se hacían tan hermosas, tan repletas de una belleza especial, particular y única, que difería de lo real, pero no porque fuese un conjunto de calles, monumentos y paisajes distinto a lo que imaginaba, sino por la ausencia de esa atmósfera que me llenaba durante esos instantes.
Y es que los nombres propios, a diferencia de los comunes que nos conducen a un concepto genérico, nos ofrecen una imagen individualizada, única, diferente, que nos intenta comunicar y proyectar por medio de su sonoridad un reflejo de un color específico para cada nombre.

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